David permanecía inmóvil y a solas en el interior de su despacho aquella noche.
Las luminarias se encontraban completamente apagadas; únicamente el sutil resplandor procedente del entramado urbano exterior lograba filtrarse a través del imponente ventanal de cristal. Los rascacielos destellaban en la lejanía. Los vehículos se desplazaban por las avenidas inferiores asemejándose a pequeñas y erráticas fuentes de luz.
Se aflojó el nudo de la corbata con absoluta parsimonia.
Su mente se rehusaba a