CAPÍTULO 49

David permanecía inmóvil y a solas en el interior de su despacho aquella noche.

Las luminarias se encontraban completamente apagadas; únicamente el sutil resplandor procedente del entramado urbano exterior lograba filtrarse a través del imponente ventanal de cristal. Los rascacielos destellaban en la lejanía. Los vehículos se desplazaban por las avenidas inferiores asemejándose a pequeñas y erráticas fuentes de luz.

Se aflojó el nudo de la corbata con absoluta parsimonia.

Su mente se rehusaba a
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