ARIA
—Comandante… —mi voz salió apenas en un murmullo.
Seik hizo una mueca de dolor, su mandíbula se tensó.
—¿Se puede saber por qué has venido sin decirme nada?
—Quería ver a mi madre… y no pensé que te molestaría.
—Querías ver a tu madre —repitió lentamente, con escepticismo—. A ti te pasa algo más… Melia me dijo que estabas rara y que discutiste con la loba solitaria.
—Gema… —murmuré, bajando la mirada—. No tienes de qué preocuparte.
Seik apretó la mandíbula, impaciente.
El corazón me latía