La mañana en su nuevo apartamento recibió a Michelle con un silencio reconfortante. Ya no había sirvientes que la observaran con lástima, ni el enorme reloj de pared de la mansión de los Daxon que parecía contar, segundo a segundo, el tiempo de su sufrimiento.
Michelle permaneció frente al fregadero de la pequeña cocina. Su mirada se detuvo en el dedo anular de su mano izquierda. El anillo de oro blanco con un diamante seguía rodeándolo, ajustado por la ligera hinchazón provocada por el estrés