Michelle entró en su silencioso apartamento.
Sin embargo, aquella noche, el silencio ya no le parecía frío ni asfixiante. Dejó su bolso y la carpeta marrón sobre la mesa del comedor y, después, se sentó lentamente en el borde de su cama individual.
Sus manos se movieron de manera inconsciente hasta posarse sobre su vientre, que aún permanecía completamente plano. Aquel contacto le transmitía un calor indescriptible.
—Ahora estamos a salvo, mi amor... —susurró Michelle en voz baja.
Una tenue son