—¿Explicar? ¿Qué tengo que explicar? —Elena fingía tranquilidad, pero su sonrisa era tensa y forzada.
Lisandro le lanzó una mirada rápida.
Su mirada era distante, cargada con una presión invisible, intimidante.
—Mateo volvió a las ocho de la mañana, ahora son más de las cuatro de la tarde, ocho horas en total. ¿Un secuestrador tan astuto no habría pensado en mover a Mateo?
—O, ¿cómo es que dejaron a Mateo solo en la habitación, yendo y viniendo como quisiera?
—Esto…
Elena se quedó sin pala