Silvina no tuvo tiempo ni de darle las gracias a Adela.
Volvió a tomar el teléfono con las manos temblorosas y dijo entre sollozos:
—¡Voy para allá ahora mismo, ahora mismo!
Colgó la llamada y apartó la mano de Adela para salir corriendo.
Pero apenas abrió la puerta, varias sirvientas se interpusieron frente a ella.
—¿Qué significa esto? ¡Déjenme pasar! ¡Tengo que ir al hospital! —gritó Silvina, fuera de sí.
Alicia estaba en peligro. ¿Cómo podía quedarse quieta?
Adela, al borde del llanto, trat