CAPÍTULO 4

POV de Ryan 

Suena ridículo.

¿Un matrimonio por contrato?

¿Para qué?

Suelto una carcajada larga, con la esperanza de que eso la cabree, pero la tipa que tengo enfrente no parece dispuesta a enfadarse por nada de lo que yo haga en este momento.

Sonríe con una mirada decidida.

Ese tipo de expresión de «sé perfectamente lo que hago» consigue que me ponga serio de inmediato.

—¿Ya terminaste de reírte? —Se inclina hacia delante, dejando su estúpido maquillaje a la vista.

No le respondo. Solo desearía no haber propuesto este encuentro. Espero que esto termine pronto.

¿De verdad me voy a casar con esta psicópata? ¿Por qué demonios se le ocurre proponer un matrimonio por contrato? Como si me estuviera leyendo el pensamiento, comenta:

—La última vez que revisé la situación, tenía novio y me pidieron que rompiera con él simplemente porque me habían comprometido con un tipo. La última vez que revisé, no nos soportamos en lo más mínimo, así que dime, ¿en qué carajos estás pensando? ¿Qué m****a te impide aceptar esto? ¿Acaso quieres que estemos casados para siempre?

Siento la tentación de soltar un rotundo NO. Siento la tentación de prohibirlo. No me imagino pasando la eternidad con esta mujer tan dramática.

No.

Esto debe ser temporal. Nos divorciaremos lo antes posible.

Solo tenemos que actuar como si los planes de nuestros padres hubieran funcionado, fingiendo que nos enamoramos y que nos casamos para toda la vida.

Pensándolo bien, lo del contrato no parece una mala idea. Supongo que me pareció ridículo solo porque venía de ella.

Ni siquiera necesitamos un contrato escrito. Somos adultos y lo único que tenemos que hacer es divorciarnos tras unos años de matrimonio.

¿Por qué demonios insiste en el tema del contrato? Ella inclina la cabeza hacia un lado, frunciendo el ceño. De pronto, finge sorpresa y se tapa la boca con la mano derecha.

—¿No me digas que ya te estás enamorando de mí? —Como respuesta, le dedico una mueca de desprecio.

¡Enamorarme, mis cojones!

—¿Quieres estar casado de por vida?

Doy un puñetazo sobre la mesa, furioso. Esto es lo que busca. Quiere provocarme para que diga algo sobre su estúpida idea.

—¡Cierra la puta boca, mujer!

—¡Cierra la puta boca tú, hombre! —me grita de vuelta, sobresaltada.

—¿Quién te crees que eres para gritarme de esa manera? ¿Acaso parezco una de esas chicas que se doblegan a tus deseos solo porque tú lo quieres? ¿Tengo cara de alguien a quien puedas mangonear? Sé perfectamente que necesitas este matrimonio más que yo. Si quiero, puedo volver a mi casa ahora mismo y decirles que no me voy a casar contigo y punto final. Te estoy haciendo un favor, así que más vale que me digas si aceptas la idea o no.

Su arrebato me pilla por sorpresa. No me lo esperaba para nada. Casi me deja sin palabras, pero recupero la compostura.

—¿Quién te crees que eres tú para imponer reglas...?

—Me necesitas.

—¡¿Qué?!

—Sí.

—¿Ah, sí? ¿Y tú no me necesitas a mí? —le devuelvo la pregunta, furioso. La última vez que revisé, su padre fue el que vino a nuestra casa a proponer una alianza comercial.

Le recordó a mi padre lo del compromiso matrimonial solo por conveniencia de esa alianza. Nos necesitamos mutuamente, joder.

—No. Yo no. Mis padres sí. Y tú me necesitas a mí, no a tus padres.

Mi nivel de indignación está al máximo. Me enfurece tener que casarme con esta mujer me guste o no. Y me enfurece su tranquilidad.

No se ve ni un milímetro amenazada o intimidada por mí. Supongo que el contrato va a ser la mejor opción. No podría vivir con esta maníaca durante muchos años.

—Dime, ¿por qué crees que la idea de un matrimonio por contrato no es buena? —exige saber, con los codos apoyados en la mesa y una sonrisa burlona. Antes de que pueda responder, añade—: ¿Es que quieres enamorarte de mí?

—Dime tú por qué crees que un matrimonio por contrato es la mejor idea —le devuelvo la pregunta con brusquedad, levantando un poco el tono de voz.

¿Qué sentido tiene alterarme al máximo si no va a causarle ningún efecto? Ella sonríe y se echa hacia atrás en la silla, cruzando las piernas.

—Un matrimonio por contrato es lo mejor porque nadie podrá impedir que nos divorciemos según lo estipulado en el documento. Ni siquiera nuestros padres. Ya no tendrán voz ni voto. ¿Es que no lo pillas?

—¿Por qué tenemos que meter un contrato de por medio cuando podemos tomar esa decisión nosotros mismos?

—Sencillamente porque el matrimonio es un acto legal y un contrato también lo es. Un contrato anulará el matrimonio sin complicaciones. Ni siquiera tendremos que firmar papeles de divorcio.

—¿Quién te ha dicho eso?

—¿Acaso hace falta? —Bufo con fastidio.

—¿Por qué quieres seguir adelante con la boda? —me escucho preguntar en un tono más bajo.

—Es obvio que tienes el poder de oponerte, tal como me lo has restregado en la cara con toda tu arrogancia, así que dime. ¿Qué ganas tú con esto, aparte de los beneficios que obtendrán tus padres? Ni siquiera parece que quieras ayudarlos, o que lo estés haciendo por ellos.

—¿Para qué quieres saberlo? ¿Crees que confío en ti lo suficiente como para decírtelo? —Se burla, girando la cabeza y dejándome ver el perfil de su rostro.

La silueta de sus facciones la hace parecer una modelo. Quizá si no llevara ese ridículo maquillaje en la cara, la habría admirado un poco, pero ya dicen que la primera impresión es la que cuenta.

Aunque la próxima vez no lleve ese estúpido maquillaje, la seguiré viendo de la misma manera. Un payaso. Una mujer ordinaria y sin pizca de sofisticación.

—Dímelo ya. Tampoco es que pueda usarlo en tu contra.

—¿Por qué insistes en saberlo?

Estuve a punto de mandarla a la m****a. ¿A qué venía tanta pregunta? ¿No podía decírmelo y ya? Ella suelta una risa corta.

—Quiero vengarme de mi novio y de mi mejor amiga.

Ahí es cuando recuerdo que mencionó algo sobre un novio hace un momento. Así que tiene novio.

¿Por qué querrá vengarse de él? ¿Le puso los cuernos? ¿Quién no engañaría a una loca como esta? No veo motivos para seguir haciéndole preguntas, así que me quedo callado.

—Te necesito, pero no de la forma en que tú me necesitas a mí. Puedo conseguir mi venganza sin ti —sentencia, y yo asiento. Anotado. Quiere dejar claro que me está haciendo un favor.

—Entonces, ¿qué dices? ¿Aceptas? —Vuelve a sacar el tema del contrato.

Sigue queriendo que sigamos adelante y firmemos un contrato donde se estipule cuándo empezará y terminará nuestro matrimonio.

De ese modo, podremos seguir caminos separados sin recibir reproches ni problemas por parte de nuestros padres.

No podrán obligarnos a estar juntos tal como lo están haciendo ahora para que nos casemos. Pensándolo bien, no parece una mala idea. ¿Por qué? Porque yo puedo poner las reglas.

Este acuerdo debe ser a partes iguales, un cincuenta-cincuenta. Ella propone la idea y yo pondré las condiciones.

Ella quiere vengarse de su novio y de su mejor amiga, y yo puedo hacer lo mismo con ella por ser tan insoportable conmigo.

Si yo dicto las reglas, no tendré dificultades para lidiar con ella, porque estas normas limitarán sus capacidades y sus tonterías.

De esta forma, el control lo tendré yo, no ella. Y nuestra limitada vida matrimonial transcurrirá en paz y no hecha pedazos.

Analizando detenidamente la expresión de su rostro, sentencio:

—La respuesta es sí, pero solo si soy yo quien dicta las reglas que guiarán el contrato.

Sus ojos se iluminan de felicidad. Sin pensárselo dos veces, coincide:

—Trato hecho. —Me extiende la mano derecha para cerrarlo con un apretón, como haría con un socio que asiste a una reunión de negocios.

Satisfecho por el hecho de que no le diera muchas vueltas a mi condición, sonrío con orgullo y me levanto para dirigirme a la salida, dejándola con la mano estirada.

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