El final de la tarde teñía el cielo con tonos anaranjados y dorados cuando Taylor Miller cruzó los campos de la hacienda a caballo, el sombrero inclinado sobre los ojos, los músculos del cuerpo cansados pero satisfechos. El olor a tierra mojada, cuero y libertad aún seguía pegado a su piel mientras desmontaba y entregaba las riendas del caballo al muchacho del establo. Respiró hondo antes de subir los escalones del porche y empujar la puerta principal de la casa.
En la sala, Amanda y Catarina l