Decir que sentía que me estaban dando martillazos en la cabeza era menospreciar el dolor que tenía. Abrí los ojos adaptándome a la luz y al sonido que provenía del celular de Logan.
— Mierda, ¿quién llama tanto?
— Contesta, maldita sea —le reclamé para luego taparme la cara con un cojín—
Logan y yo habíamos bebido mucho anoche gracias a su idea de olvidar el mal rato y luego de muchas latas de cerveza, nos quedamos dormidos en el piso de su sala.
Claro que mi columna vertebral no estaba muy con