Diego llega a las cinco en punto.
No como siempre. Las cinco en punto es la hora acordada desde hace meses. La diferencia está en que esta vez, cuando suena el telefonillo y digo sube y espero en la puerta del apartamento, hay algo en el modo en que espero que no tiene la misma geometría que el modo en que esperaba hace dos semanas.
No sé si eso se nota desde fuera.
Probablemente sí.
Leo sale del ascensor con la mochila, el libro de meteoritos, y la expresión de alguien que ha estado procesando