Alina frunció el ceño y dio un paso atrás para alejarse de ese contacto, ya que le dolía ver que esos ojos que alguna vez la veían con amor ahora la miraban con odio y asco.
- Yo sigo siendo yo, pero veo que tú has cambiado – declaró ella un poco dolida.
- Creo que sabes de quien es la culpa.
- Eso lo sé, pero noto que eres tan estúpido que caíste en sus mentiras – dijo ella frunciendo el ceño.
- ¿Qué? – habló Guillermo frunciendo el ceño.
- Recibiste una carta anónima que te decía que te