-¡Por favor piedad!- gritó el traficante que era golpeado una y otra vez por un Nicolás que ya no estaba razonando a esa altura, el tiempo iba pasando cruelmente y no tenía ninguna pista nueva de su mujer y su bebé en camino.
-¿Dónde está mi esposa?- golpeó la boca de su enemigo con el puño cerrado, rompiendo las paletas del maleante y lastimando su propio nudillos. Pero ya no sentía el dolor, la ira y la desesperación lo mantenía en un trance constante de escenas violentas.
-No sé de qué me