Cuando llegué a casa, me sorprendió ver a mi padre sentado en el sofá, hojeando un libro. Su presencia siempre me brindaba una especie de calma, así que me acerqué y lo saludé con un abrazo, dejando escapar un pequeño suspiro.
—¿Por qué tienes esa carita? —preguntó con esa sonrisa paternal que tanto conocía—. ¿Hay problemas con Martín?
Me mordí el labio, sin saber muy bien cómo empezar. Me dejé caer junto a él en el sofá, sintiendo el peso de la conversación que acababa de tener con Martín aú