Durante los días siguientes, Emilio no la perdió de vista ni un momento.
La llevaba en coche a todos lados. Se sentaba en las mismas habitaciones. Cuando salían a cenar, cosa que hacían todas las noches a pesar de que la casa estaba llena, él tenía la mano en su espalda todo el tiempo y prestaba atención a dónde estaba ella en relación con todo lo demás.
Carolina lo intentó.
Por las mañanas, cuando Emilio estaba en la cocina, preparaba café y se lo hacía llegar por la encimera con una sonrisa,