El restaurante era caro, silencioso y exactamente el tipo de lugar donde dos personas podían hablar sin ser escuchadas.
Alejandro levantó su copa.
Isabela levantó la suya.
Las chocaron.
—Por ti —dijo él—. Eso fue una obra maestra.
Isabela sonrió con esa sonrisa que tenía cuando algo había salido exactamente como ella lo planeaba. Era una sonrisa diferente a la pública.
—Te dije que confiaras en mí —dijo.
—Lo hiciste. —Bebió—. Debí haberte escuchado antes.
—Sí —convino ella—. Debiste. —Dejó su