—Hola —respondió ella.
Y eso fue todo durante un rato.
Él entró en la habitación y se sentó en el borde de la cama junto a ella. Los dos miraron al suelo, que fue lo más honesto que cualquiera de los dos había hecho en todo el día. El silencio tenía peso —no del tipo vacío, sino del tipo lleno de cosas que ninguno de los dos había descubierto aún cómo decir.
Ella todavía sostenía la cajita de la joya. La dejó sobre la mesita de noche.
Él la miró, luego la miró a ella.
—Lo siento —dijo.
—Emilio…