Jadeaba, mi pecho subía y bajaba rápidamente. Mis labios aún ardían por su beso. Lo miré con los ojos aún llenos de ira.
—¿Crees que besándome vas a callarme? —dije, mi voz aún ronca.
—Solo hago lo que hay que hacer.
—No puedes resolver todos los problemas con besos.
—Solo intento que dejes de gritar.
—Tú…
Me besó de nuevo. Esta vez más suave, pero igual de dominante. Su mano, que antes sujetaba mi nuca, bajó a mi cuello, luego a mi hombro, luego a mi cintura. Sus dedos cálidos recorrieron mi c