Seguí abrazando a Lucía, intentando calmarme a mí misma mientras esperaba. El tiempo parecía un charco de agua espesa; cada segundo se sentía como una hora. Mi estómago seguía rugiendo, y la sed comenzaba a volverse cada vez más insoportable. Miré la ventana con barrotes de hierro que mostraba el cielo oscuro afuera, y me pregunté si volvería a ver salir el sol alguna vez.
El sonido de pasos en el pasillo me sobresaltó. Oí la llave girar en la cerradura, y la puerta se abrió con un chirrido. Un