El tiempo parecía avanzar muy lentamente. Estaba sentada en el rincón de la habitación fría y húmeda, abrazando a Lucía, que comenzaba a inquietarse de nuevo. Mi estómago rugía, mi garganta se sentía seca y mi cabeza daba vueltas por el cansancio y el hambre. Fuera de la habitación, podía oír el tic-tac constante de las bombas, un recordatorio perpetuo de que la muerte podía llegar en cualquier momento.
—Tengo mucha hambre —susurré para mí misma, tragando saliva para humedecer mi garganta resec