Me senté en el rincón de la habitación, abrazando a Lucía, que se había quedado dormida después de mamar. Ya me había comido la mitad del pan y el agua que me habían dado, dejando un poco para después. Mi estómago seguía gruñendo, pero al menos ya no sentía el mareo del hambre. El tic-tac de las bombas seguía sonando afuera, como un latido que amenazaba con detenerse en cualquier momento.
Miré la ventana con barrotes de hierro. El cielo allá afuera comenzaba a cambiar de un negro profundo a un