Pasaron varias semanas desde el encuentro con los suegros de Camila. Los días se sentían pesados, llenos de preocupación y miedo. Camila cuidaba a Lucía sola, acompañada por los empleados que Luca había enviado. Cada noche, se acostaba en la cama, miraba a su hija dormir y rezaba para que todo saliera bien.
Una tarde, mientras Camila estaba sentada en la sala con Lucía en brazos, que comenzaba a ponerse inquieta, escuchó el sonido de un coche deteniéndose frente a su casa. Su corazón latió con