Miré a Luca con los ojos húmedos, sintiendo el calor de su mano que apretaba la mía con fuerza. Había un alivio inmenso en mi pecho, pero también un peso que aún se sentía pesado. El peso de Matías, de su muerte, y de todas las verdades que aún no habían salido a la luz.
—Me alegra que estés aquí. Pero hay algo que debo preguntarte.
Luca me miró con cautela, como si ya supiera lo que iba a decir.
—¿Qué es?
Inhalé profundamente, aunque el movimiento me dolió en el pecho.
—Sobre Matías. Sobre su