En una villa majestuosa a orillas del Lago Como, Italia, Luca Vitale estaba de pie frente a una gran ventana que daba a las aguas verdeazuladas.
Su mano derecha sostenía un vaso de whisky, su mano izquierda apretaba un sobre que acababa de recibir de su abogado en México. Dentro del sobre había una carta oficial: la noticia de que Camila, su exesposa, había firmado oficialmente los papeles del divorcio que durante cuatro años ella nunca había tocado.
Pero había una noticia más que le oprimía el