Oí el grito de Serafina desde el dormitorio principal. Salí corriendo del baño, con el corazón latiendo con fuerza. No sabía qué había pasado, pero la voz de Serafina sonaba a pánico, a miedo. Abrí la puerta del dormitorio principal de golpe y encontré una escena que me dejó helada.
Serafina seguía desnuda, de pie junto a la cama, con las manos cubriéndose el pecho. Su rostro estaba pálido, sus ojos llenos de terror. Sobre la cama, mi suegro yacía con el cuerpo rígido, el rostro amoratado, y el