Al día siguiente, volví al pequeño hospital. Luca ya había empezado a gestionar la compra de los nuevos equipos, y no podía esperar a ver el hospital transformado. Imaginaba los rostros de los pacientes sonriendo al ver el equipo nuevo, la cara del Dr. Marco iluminándose al poder diagnosticar con mayor precisión.
Atendí a los pacientes uno por uno, anotando cada síntoma y dando recomendaciones. Ya me sentía más segura con mi italiano. Podía decir «¿Qué sientes?» y «¿Te duele aquí?» con fluidez.