Ese día comencé a trabajar en aquel pequeño hospital. Aunque ya le había prometido a Luca que dejaría mi carrera en Estados Unidos, no pude contenerme al ver a los pacientes llegar con rostros llenos de esperanza, al ver el equipo médico tan desgastado que casi no servía. Me partía el corazón. Tenía que hacer algo.
Me cambié a una bata blanca que me prestaron en el hospital. Estaba desgastada, con manchas difíciles de quitar, pero para mí era un uniforme de orgullo. El joven médico que me había