Al día siguiente, llegué al hospital. Los pensamientos sobre Luca y su padre seguían atormentándome, pero tenía que mantener la concentración en mi trabajo. Respiré hondo, me puse mi bata blanca de médico y entré en la sala de urgencias.
Ese día estuvo muy concurrido. Los pacientes llegaban sin cesar: niños con fiebre alta, ancianos con ataques al corazón, víctimas de accidentes de tráfico. Trabajé sin descanso, pasando de un paciente a otro, intentando ignorar la preocupación que no dejaba de