Me senté en el asiento trasero de ese taxi con el pecho aún subiendo y bajando. Mi respiración era agitada, no solo por haber corrido, sino por la adrenalina que aún inundaba todo mi cuerpo. Presioné mi cabeza contra el vidrio frío de la ventana, intentando calmar los latidos de mi corazón, que aún golpeaba con fuerza.
—¿A dónde, señorita? —preguntó el conductor con un acento italiano muy marcado, pero que pude entender.
Casi lloro al oír inglés. Por fin, alguien con quien podía hablar sin tene