Mi sonrisa se ensanchó. No había mayor placer que ver a un hombre roto, suplicando por la muerte como una liberación.
—Eso es lo que esperaba escuchar —dije, soltando su cabello y levantándome.
Hice un gesto a mis cazadores, quienes trajeron un frasco de ácido. Sabía que el ácido corroía la carne lentamente, era un castigo doloroso y prolongado. Verterían el líquido en las heridas abiertas, haciendo que el dolor se multiplicara.
El primer contacto del ácido con la piel del traidor fue un espe