Aria temblaba contra mí, sus ojos reflejaban deseo.
Mis dedos se movían dentro de ella, explorando y reclamando lo que era mío por derecho. Cada jadeo y suspiro que salía de sus labios alimentaba a la bestia dentro de mí, a mi lobo, que rugía por tomar el control y hacerla suya de una vez por todas.
—Damien... —susurró, su voz apenas era un hilo de aliento.
Sentía cómo sus piernas temblaban, y el ascensor parecía encogerse a nuestro alrededor, cada pared cerrándose, y cada espacio llenándose