52. Tengo que decírselo
Zoe sintió que sus párpados pesaban pero la punzada en su abdomen la obligó a abrirlos.
No era el corte de una herida, no.
Era algo más interno, un calambre sordo que le recordaba al cachorro que crecía en su vientre.
Parpadeó intentando enfocar la habitación desconocida.
No era la cabaña de Caius, la que él había obligado a que llamara el hogar de ambos, ni su habitación en la casa del Alfa.
No había el olor familiar y exquisitamente masculino de Caius.
El pánico la golpeó brutalmente hacié