El estudio estaba en silencio, excepto por el tictac rítmico de un reloj de pie que sonaba como un corazón latiendo lentamente.
Julian estaba sentado en la silla de cuero de respaldo alto, el resplandor de una sola vela proyectaba largas sombras danzantes sobre su rostro. Frente a él, Maeve permanecía perfectamente inmóvil. Ya no era la chica que había sido semanas atrás; el calor en sus ojos había sido reemplazado por una mirada plana y hueca que reflejaba la misma oscura ambición de Julian.
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