Sofía se despertó con el golpe más suave en la puerta de su dormitorio.
Al principio, ni siquiera se movió. Sus ojos permanecieron cerrados, su cerebro flotando en algún lugar entre el sueño y la irritación. Su cuerpo todavía se sentía pesado por el turno de noche, y su mente revivía destellos del caos de anoche: el café, las risas, la sonrisa tranquila de Henry, y luego Jasmine y Denzel haciendo acrobacias en la mesa del comedor como si estuvieran audicionando para un papel porno.
Otro golpe vino. Más suave esta vez.
"¿Sofía?" La voz de Jasmine la llamó en voz baja. "Oye, soy yo."
Sofía gimió en su almohada. "Pasa," murmuró, aunque todavía no se movía. Forzó sus ojos a abrirse y se sentó lentamente, su cabello ridículo, pegado en tres direcciones diferentes.
La puerta se abrió un poco, y Jasmine asomó la cabeza. "Buenos días, rayito de sol." Sostenía dos tazas humeantes de café como una ofrenda de paz.
Sofía entrecerró los ojos. "¿Eso es un soborno?"
"Definitivamente," dijo Jasmine,