La oscuridad olía a piedra mojada y sangre vieja.
El hedor se aferraba a mi garganta con cada respiración, espeso y metálico, como si el aire mismo hubiera sido empapado en violencia. La mano de Lina permanecía aferrada a la mía mientras corríamos, sus dedos fríos y temblorosos, su agarre tan fuerte que podía sentir los huesos rechinando juntos. El túnel era estrecho, el techo lo suficientemente bajo como para tener que mantener la cabeza agachada, el cuello doliéndome por el ángulo constante.