Minutos antes
Seo-jun observó la pared con impaciencia. El reloj, imponente, parecía burlarse de él mientras las agujas avanzaban con exasperante lentitud. El tic-tac resonaba en sus oídos, acentuando la creciente frustración que le oprimía el pecho. La recepcionista, con su ritmo parsimonioso y actitud distraída, continuó verificando su identidad como si aquel fuese el único trámite importante en el mundo.
—Por favor, señorita, ¿podría apresurarse un poco? —pidió con una voz que, aunque calmad