Las cortinas pesadas habían quedado corridas a medias, filtrando una luz cálida que jugaba con el nogal de los muebles y el brillo discreto del piso. Alejandro yacía recostado en el sofá, la chaqueta tirada sobre el respaldo de una silla, la corbata aflojada; fingió el sueño con la naturalidad de quien había ensayado la indiferencia mil veces. No necesitó moverse cuando escuchó la puerta abrirse: ya sabía que Valentina nunca tocaba antes de entrar. Una terrible costumbre que el había adoptado c