Se sentaron en la terraza, junto a la piscina: una mesa pequeña, manteles claros, platos que brillaban con la luz. El aire olía a hierba recién cortada y a la mezcla dulce de limón y menta que había en una jarra de agua. Lorenzo, discretamente, se alejó para dejarles intimidad. El rumor del agua, el crujir sordo de alguna rama en el viento, todo conspiró para que la escena fuese insólitamente tranquila.
Isabel miró la mesa un instante, como comprobando que aquello fuera real. Alejandro la obser