Había una sombra pegada al vidrio oscuro de un sedán negro aparcado dos calles más allá del edificio. No era una sombra casual: era un hombre sentado erguido, la nuca apoyada en el reposacabezas, los dedos entrelazados sobre el volante como si sostuviera una idea demasiado pesada.
Vio a Alejandro bajar por la escalinata del edificio: la chaqueta colgando con descuido, la corbata casi floja, pasos largos que dieron la sensación de que quería huir de sí mismo tanto como de aquel lugar. Lo observó