Había recibido un mensaje minutos antes: “Sintoniza el canal tres, ahora.” Su instinto le había hecho fruncir el ceño de inmediato, y la certeza de que algo grave estaba por suceder la había hecho sentir un nudo en el estómago, un peso invisible que le robaba la respiración.
Cuando encendió la televisión y buscó el canal, su corazón se aceleró, pero no por emoción: la adrenalina de la rabia y el miedo la invadió como una ola. La pantalla se iluminó y allí estaba él: Alejandro. Su mirada, inclus