Me senté sobre una pequeña silla de madera en la parte trasera de la cabaña y me balanceé un poco, intentando recordar la mecedora que tenía en la antigua casa, ahora reducida a cenizas.
Esa noche era fría, inhóspita, y me sentía profundamente triste por todo lo ocurrido con la nana. Perder la mansión también me había dolido demasiado, especialmente por lo que significaba el cuarto de mi bebé: los objetos que habíamos traído desde Croacia y los hermosos trajes que Salvatore había preparado para