Tres días después por la tarde, Enzo y Gianna estaban sentados en la sala de espera, entre tanto él movía la pierna incansablemente y ella mordía su uña.
Sin embargo, ambos tenían una de sus manos entrelazadas, esperando el momento en que fueran llamados.
—Debes tranquilizarte un poco… ya te sudan las manos, cara…
Gianna se giró hacia él incrédula.
—¿Qué? Estás más nervioso que yo…
—Señorita Ricci… pueden pasar… —Ambos se pusieron de pie al tiempo y sin decir una palabra, caminaron hacia el con