Lo atraigo más cerca, necesitando la solidez de su pecho contra mi mejilla, el latido firme de un corazón que acaba de declararse en guerra por mí. La luz del sol nos baña, y por primera vez desde el restaurante me permito creer que estamos a salvo.
Abram se acomoda en el colchón junto a mi cadera; su gran cuerpo encaja de alguna manera allí como un perro guardián disciplinado. Su pulgar traza pequeños círculos sobre mis nudillos: una dulce tortura cuando todo lo demás irradia energía letal.
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