Yo lo observé, paralizada, y no precisamente de miedo. Y sin dejar de observarme, él se dirigió a mi chofer.
—Déjame a solas con la señorita.
El chico me miró, preocupado. Dándose cuenta de la tensión que había entre ese desconocido y yo. Aun así, asentí y el chico se marchó. Apenas desapareció, el señor Riva se alejó del coche y me sujetó el rostro entre sus manos, cubiertas por finos guantes negros de piel.
Me estudió de pies a cabeza, como si yo fuese una pieza en exhibición extremadament