El hombre que me había llevado hasta esa pequeña casa de servicio permaneció fuera mientras yo entraba y recorría las habitaciones, los pasillos y salas; era una casa más grande de lo pensado. Vagué por sus pasillos, hasta que una chica me indicó cual era la habitación de Alan.
Mis nudillos golpearon suavemente la puerta, en el fondo esperaba que no estuviera allí. Pero cuando abrió y me miró con impresión, no tuve forma de arrepentirme.
—Dulce, ¿qué haces aquí? —inquirió con desconcierto.
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