Esa noche, el señor Riva me llevó a casa. Incluso se despidió de mí con un beso. Y yo no pude evitar sentir que todo estaba yendo a la mar de bien, y que quizás pronto volveríamos a vivir como un matrimonio.
—Piénsalo, Dulce —susurró besándome—. Podemos solucionar nuestros problemas en casa, como pareja, no aquí como un par de extraños.
Asentí, acariciando su definida mandíbula con los dedos.
—Prometo pensarlo. Solo... deme tiempo —le pedí, alejándole de mí.
Él me sonrió una última vez, ant