Contuve el aliento y me llevé las manos a la cara, escondiendo mi felicidad entre las rodillas. Encogí los dedos en la bañera, nerviosa como una niña. A cada minuto, hora y día, lo que habíamos hecho esa tarde, volvía a mí con viveza, poniéndome rojas las orejas y haciéndome apretar los muslos.
Realmente había estado con mi marido, nos habíamos besado, tocado, susurrado y... Suspiré deslizándome dentro del agua. Apenas y recordaba la visita de Gustave, en realidad, agradecía no recordarlo. Esa