Desperté sintiendo un fuerte ardor en mi brazo, mi cabeza dolía y amenazaba con explotar en cualquier momento. Me sentía confundida, había perdido un poco el sentido de la orientación. Recordaba perfectamente que había regresado con el camión a la mansión de los hermanos. Intente levantarme, pero me lo impidieron.
—No te muevas, Ginebra. —advirtió—, estás herida.
—¿Lo dices por mi brazo? no, no te preocupes estoy bien—respondí.
—¿En que estabas pensando, mujer? ¡Casi te matan o peor aún, te lle