Revisé por última vez mi aspecto en la ventanilla del coche. Revisé que el vestido rojo de terciopelo luciera bien, que los guantes blancos se ajustaran bien a mis brazos, y que el brillo labial siguiera en su lugar. Antes de tomar la mano de Gustave, cubrí la espalda descubierta del vestido con un chal blanco.
—Tengo un regalo para ti —dijo, sacando una caja pequeña del auto.
Al abrirla, vi que se trataba de una ostentosa horquilla para el cabello; hecha de diamantes en forma de flequillos q