Con mi mano firmemente sujeta por la suya, Rafael me sacó de esa habitación. Donde Gustave permanecía tirado en el suelo, medio inconciente y con la nariz rota. Me llevó directo a la fiesta y frente a todas las miradas sorprendidas de los invitados, se dirigió hacia la esposa del senador.
Ella sostenía a mi hijo en brazos y le sonreía como una maternal abuela, pero al ver llegar a Rafael conmigo detrás, su sonrisa se convirtió en confunsión.
—Señor Riva, no sabía que estaba invitado. ¿Y qué ha