Esa noche, la oscuridad pesaba sobre la habitación de Somali como una presencia opresiva. Su respiración era irregular, entrecortada, mientras los vestigios de la pesadilla se deslizaban por su mente como sombras persistentes que se negaban a disiparse. Su piel estaba fría y su pecho subía y bajaba con el ritmo frenético de quien ha despertado de un sueño aterrador. Se sentó en la cama, abrazándose a sí misma, tratando de recordar dónde estaba, repitiéndose en silencio que todo había pasado. Pe